La cortina
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Derrotada, se movía al capricho del viento: si violento, flameaba como una bandera, si calmoso, se ondulaba como un campo de trigo o la trémula superficie del mar. Mientras pudo, el viejo costal cumplió su cometido, pero transportar y almacenar la harina de varias generaciones de laboriosos aldeanos había ido debilitando su piel y, al llegar el otoño, aparecieron sus primeras llagas. Obligadas por la necesidad, unas manos hacendosas las fueron cubriendo de remiendos, pero la aspereza del tiempo siguió lijando su delgada piel de lino y, no pudiendo aguantar más la presión, un día su cuerpo se rasgó por la panza. Entonces su dueño, que durante tantos años de buen servicio le había cogido aprecio y no quería separarse de él, le asignó tres nuevos cometidos: mantener oreada la casa, ocultar su interior a los curiosos que pasaban y guardarla de las muchas moscas que había. Así fue como el viejo costal se transformó en cortina.
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